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Museo de la Revolución

por KDJG
lunes, 12 de mayo del 2008 a las 05:01
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El Monumento a la Revolución se levanta sobre la vieja estructura, construida durante el porfiriato, del edificio que originalmente iba a contener el Palacio Legislativo Federal. Esta obra, cuyo autor fue el arquitecto francés Emile Bénard, formó parte del ambicioso proyecto de transformar la vieja ciudad colonial en una metrópoli equiparable a las principales capitales europeas. El asesinato de Madero obligó a detener la construcción, que hasta ese momento consistía en un imponente esqueleto metálico, mismo que permaneció abandonado durante casi veinte años.  En 1932 se tomó la decisión de desmantelarlo; fue entonces cuando el arquitecto Carlos Obregón Santacilia tuvo la idea de convertirlo en monumento y construir en su sótano unmuseo a la Revolución. Con el apoyo del secretario de Hacienda Alberto J. Pani, la armazón  metálica fue recubierta con piedra de cantera "chiluca" y la plaza, de treinta mil metros cuadrados, con piedra recinto.
En 1936 se lanzó una convocatoria para las esculturas que debían rematar las esquinas. El jurado otorgó el primer premio al mexicano Oliverio G. Martínez. El proyecto consistía en cuatro grupos de figuras de gran formato; los modelos fueron un hijo de Obregón Santacilia, los trabajadores y las mujeres que les llevaban de comer. La obra de Martínez es una equilibrada expresión de la herencia estética prehispánica, reinterpretada desde la perspectiva del siglo XX. Las figuras, que simbolizan la independencia,a reforma, las leyes agrarias y obreras muestran una economía de líneas que trasmiten la sensación de fuerza y solidez.
El monumento, uno de los mejores ejemplos del estilo art déco, se concluyó en 1938 sin inauguración oficial, aunque ese mismo año se realizó por vez primera una ceremonia para conmemorar el inicio de la lucha revolucionaria. La idea del museo fue retomada años después por las autoridades del Departamento del Distrito Federal y se inauguró el 20 de noviembre de 1986.
El 4 de febrero de 1936 se emitió un decreto que otorgaba al monumento la función de recinto funerario y con ese fin se adaptaron criptas en las columnas. Los restos de Venustiano Carranza fueron trasladados en 1942; los de Francisco I. Madero en 1960; lo dede Plutarco Elías Calles en 1969; los de Lázaro Cárdenas han permanecido aquí desde su fallecimiento en 1970. Finalmente, los restos de Francisco Villa fueron trasladados de Parral, Chihuahua, en 1976.
El Monumento a la Revolución es ahora uno de los íconos más importante de la ciudad y, su gran plaza, un centro de reunión en el que se expresan las voces diversas no sólo de los capitalinos sino de todos los mexicanos.

-EL TRIUNFÓ DE LOS LIBERALES-

La constitución de 1857 y la guerra de Reforma

En 1854 Antonio López de Santa Anna gobernaba el país apoyado por el viejo grupo de conservadores. El caudillo se hacía llamar Alteza Serenísima, había aumentado las contribuciones a coches, caballos, puertas y ventanas; mantenía un ejército de noventa mil hombres mientras una epidemia de peste bubónica asolaba al país. La situación era insostenible y tanto su gobierno como el grupo conservador se habían desprestigiado ante la opinión pública. El primero de marzo de ese año, el coronel Florencio Villarreal lanzó un plan en el pueblo de Ayutla, Guerrero, en el que exigía el derrocamiento del dictador y urgía a la formación de un congreso que redactara una nueva constitución. El levantamiento encabezado por Juan Álvarez venció a Santa Anna que abandonó el país en agosto de 1855. Álvarez ocupó la presidencia unos cuantos meses y la cedió a Ignacio Comonfort. El nuevo gobierno convocó al Congreso Constituyente que inició sesiones en 1856. El Congreso, que incluía a liberales radicales como Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga, José María Mata, Ignacio Ramírez y Francisco Zarco, postuló una república federal, democrática y representativa y la instauración de un sistema de garantías individuales. De igual manera se declararon libres la enseñanza, la industria y el comercio, el trabajo y la asociación. La nueva constitución fue jurada el 5 de febrero de 1857. A pesar de que el presidente Comonfort dudaba ponerla en práctica, los conservadores se levantaron en armas con el Plan de Tacubaya que exigía su derogación. Cayó el presidente y los conservadores reconocieron como jefe del ejecutivo a Félix Zuloaga; los liberales a Benito Juárez, a quien por mandato de ley como presidente de la Suprema Corte de Justicia le correspondía ejercer la presidencia. Con este episodio se inicia la denominada Guerra de Reforma o Guerra de Tres Años (1858-1860). El primer año fue de triunfos para los conservadores; los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez obtuvieron brillantes victorias sobre las improvisadas tropas liberales. El general Miguel María Echeagaray, que tan adicto había sido al presidente Zuloaga, se pronunció con su brigada en Ayotla con el Plan de la Navidad, formando así un tercer partido. Apoyado en este movimiento Miramón fue elevado a la presidencia de la República el 2 de febrero de 1859. Ante el empuje de los conservadores, Benito Juárez tuvo que trasladar su gobierno a Guanajuato, luego a la ciudad de Guadalajara y después al puerto de Veracruz. Mientras en el campo de batalla liberales y conservadores dirimían sus diferencias, Juárez promulgó las que serían conocidas como "Leyes de Reforma" que proclamaban la separación completa de la iglesia y el estado. La primera de ellas ordenaba la nacionalización de los bienes eclesiásticos y la extinción de las órdenes monásticas. Siguió la ley sobre la institución del registro civil, la ley sobre el matrimonio y la referente a la secularización de los cementerios y la tolerancia de cultos.

Después de un frustrado intento de tomar el puerto de Veracruz por los conservadores, la balanza empezó a inclinarse del lado de los liberales. Poco a poco fueron cayendo en su poder las ciudades de San Luis Potosí, Aguascalientes y Zacatecas; más tarde tomaron Guanajuato y controlaron todo El Bajío. Pero la batalla definitiva se dio en San Miguel Calpulalpan donde el general González Ortega al mando del ejército liberal derrotó a las tropas de Miramón. Para financiar la guerra,  Miramón confiscó 600,000 pesos depositados en la representación británica a favor de acreedores ingleses. Asimismo, en la ciudad de México se habían concedido préstamos a las autoridades conservadoras avalados por las propiedades de la iglesia. Algunos de los prestamistas eran extranjeros como Nathaniel Davidson representante de la casa Rothschild, y Estaquio Barrón, ambos habían proporcionado alrededor de un millón de pesos y el banquero suizo Jecker invirtió un millón y medio de pesos en bonos emitidos por este gobierno.

No obstante la gran cantidad de préstamos y el apoyo que la iglesia había dado a los conservadores, los liberales entraron triunfantes a la ciudad de México el 1º de enero de 1861 y días después lo hizo el presidente Juárez con su gabinete. El hecho de que los liberales tomaran la capital de la república no significó la conclusión de las hostilidades; los grupos guerrilleros conservadores operaban en vastas extensiones del país y el gobierno liberal carente de recursos era incapaz de someterlos. Esta situación determinó al presidente Juárez a suspender el pago de todas las deudas públicas, incluso las contraídas con otras naciones.

La intervención francesa y segundo imperio

Al finalizar el año de 1861 la reacción se hallaba virtualmente vencida en el terreno militar, no así sus aspiraciones de alcanzar el poder a cualquier costo. Desde 1840 un grupo de conservadores de tendencias monárquicas habían hecho intentos de encontrar en Europa un pretendiente al trono de México; con la suspención del pago de la deuda decretada por el gobierno liberal vieron la oportunidad de establecer un imperio mexicano bajo la protección de Francia.

Utilizando como pretexto la interrupción del pago de la deuda, la Gran Bretaña, España y Francia acordaron entonces la intervención militar y para finales de 1861 las tropas aliadas desembarcaron en el puerto de Veracruz. El gobierno entró en negociaciones con Inglaterra y España y consiguió mediante la firma de los tratados de la Soledad que sus ejércitos se retiraran. No así las tropas francesas dispuestas a imponer una monarquía en México. Napoleón III pretendía limitar el crecimiento inusitado de los Estados Unidos, que en ese momento se encontraba absorto en la Guerra de Secesión. La presencia de un numeroso y disciplinado ejército francés, además de los restos del ejército conservador, despertaron un auténtico sentimiento patriótico entre los mexicanos.

El general Carlos Fernando de La Trille, conde de Lorencez estaba al mando del ejército de ocupación que sorprendentemente fue derrotado en la histórica batalla de Puebla, el 5 de mayo de 1862 por las fuerzas republicanas al mando de Ignacio Zaragoza. Sin embargo, esta primera victoria pronto fue anulada por una serie de derrotas. Los franceses enviaron al general Elías Federico Forey  para encargarse de las operaciones militares y a mediados de octubre desembarcó el general Aquiles Bazaine con tropas de refuerzo. Forey fue implacable con el ejército liberal. Durante sesenta y dos días sitió la ciudad de Puebla defendida por González Ortega que hubo de rendir la plaza. Al llegar la noticia a capital de la República, Benito Juárez en unión de sus ministros y de los liberales más connotados abandonaran la ciudad con rumbo a San Luis Potosí donde esperaban establecer su gobierno.

El ejército francés hizo su entrada a la ciudad de México el 10 de junio de 1863 y Forey se apresuró a expedir un decreto para la formación de una Junta Superior de Gobierno que tenía la encomienda de formar la Asamblea de Notables. Al mes siguiente los notables habían elaborado un dictamen que ofrecía la corona imperial de México al príncipe Fernando Maximiliano, archiduque de Austria. Mientras tanto, los liberales preparaban la resistencia en el interior del país. Durante los meses de noviembre y diciembre las tropas franco-mexicanas ocuparon prácticamente sin oposición las principales ciudades del país y el presidente Juárez hubo de abandonar San Luis con rumbo a la frontera con Estados Unidos. Pero los liberales no estaban vencidos y daban la batalla al ejército invasor.

Finalmente, hacia finales de mayo de 1864 Maximiliano y su esposa la princesa Carlota Amalia, de Bélgica llegaron al país. El flamante emperador antes de abandonar Europa se había comprometido con Napoleón III, a través de los convenios de Miramar, a pagar 260 millones de francos por gastos de la intervención. Con esta deuda a cuestas y una acendrada formación liberal Maximiliano inició su aventura en México. Si los liberales mexicanos habían promulgado las controvertidas Leyes de Reforma, el emperador fue más lejos. Además de decretar la tolerancia de cultos y la nacionalización de los bienes de la iglesia; reglamentó el artículo 5º de la constitución que estipulaba la libertad de trabajo y de manera implícita prohibía la servidumbre por deudas. Asimismo, otorgó a los trabajadores el derecho a dejar su empleo a voluntad, restringió la jornada de trabajo y anuló las deudas de los peones mayores a 10 pesos. En 1865 restituyó a los pueblos indígenas el derecho de poseer tierras y proveyó ejidos a las comunidades que no las tenían. Todas estas medidas causaron gran irritación entre la iglesia y los conservadores que se sintieron traicionados. La situación se complicó más para el austríaco, cuando Napoleón III hubo de retirar sus tropas ante las amenazas de Prusia y perdió el apoyo de los conservadores y la clase propietaria. Paralelamente, el ejército republicano ganaba terreno encabezado por los generales Mariano Escobedo, Ramón Corona y Porfirio Díaz. El episodio imperial concluyó con el fusilamiento del emperador el 19 de junio de 1867 en el Cerro de las Campanas.

 

La República Restaura (1867-1876)

A pesar del optimismo que reinaba en la capital con el derrumbamiento del imperio, el futuro del país no era promisorio. En el terreno político, el mayor obstáculo era la vieja querella entre el Congreso y el Poder Ejecutivo, ya que la constitución de 1857 depositaba un enorme poder en la cámara de diputados. De igual manera, había que reorganizar al ejército que en ese momento contaba con 80,000 efectivos y controlar la vieja costumbre de caciques y militares de levantarse en armas. Durante los gobiernos de Benito Juárez y su sucesor Sebastián Lerdo de Tejada (1867-1876) estas asonadas mantuvieron ocupados a los generales republicanos. También sometieron, por la vía de las armas, las rebeliones indígenas de apaches y comanches y se mantuvo controlados a los mayas de Yucatán. Además, la tan deseada paz se rompía cotidianamente porque innumerables gavillas de maleantes infestaban los caminos; las autoridades crearon cinco cuerpos de policía rural que aunque obtuvieron algunos éxitos, no lograron abatirlas.

Por si fuera poco, las relaciones diplomáticas estaban interrumpidas salvo con Estados Unidos y la situación económica no podía ser más grave El fardo de la deuda pública, que había llevado a suspender los pagos y justificado la intervención extranjera ascendía, según el historiador Luis González, a más de 450 millones de pesos. El ministro José María Iglesias logró reducirla y fijar nuevos términos de pago; la gestión fue exitosa ya que no aceptó el pago de daños y perjuicios provenientes de las autoridades imperiales, logrando una reducción de 366 millones de pesos. Sin embargo, los ingresos del gobierno federal no rebasaban los 18 millones que apenas alcanzaban para cubrir los sueldos de la burocracia y el ejército.

Para reactivar la economía, y pesar de las críticas que la medida implicaba, el presidente Juárez renovó la concesión a los ingleses para continuar con la construcción del ferrocarril que uniría a la capital de la República con el puerto de Veracruz y así impulsar el comercio internacional.

No obstante, el principal desafío residía en conciliar las aspiraciones de la clase militar que se presentaba soberbia y llena de ambiciones políticas y económicas. Dentro de ella sobresalía Porfirio Díaz, un joven e impaciente militar oriundo de Oaxaca, que en la elección presidencial de diciembre de 1867 busca alcanzar el poder ejecutivo enfrentándose al propio Juárez, que ese momento estaba en el pináculo de su carrera. Juárez gana la presidencia con un 72% de los votos.

En 1871, Juárez vuelve a contender en la lid electoral donde lucha contra su antiguo asesor Sebastián Lerdo de Tejada y el general Porfirio Díaz. Juárez refrenda su triunfo con un 47% de los votos. Díaz no puede esperar más y recurre al levantamiento, abanderando el Plan de la Noria cuyo lema era "Sufragio efectivo, no reelección". Hacia el mes de julio de 1872, el ejército federal lo había prácticamente derrotado, cuando se conoce la noticia de la muerte de Juárez. El nuevo presidente Sebastián Lerdo de Tejada declaró un amnistía a la que Díaz tuvo que acogerse. Sin embargo, no pasaría mucho tiempo para volver a intentar la toma del poder. En esta ocasión con éxito. En efecto, en 1876 encabezó la revolución de Tuxtepec que lo llevaría primero al triunfo militar y luego, mediante elecciones, a la presidencia de la República. Con su arribo México inauguraba una nueva etapa de su historia.

-EL PORFIRIATO-

 

El orden

La ideología que caracterizó al régimen de Porfirio Díaz tiene su origen en la filosofía positivista de Augusto Comte que sostiene que la humanidad ha transitado por tres etapas: la teológica, la metafísica y la positiva. Para los positivistas mexicanos el país durante la época colonial fue un país religioso; con la Reforma liberal "metafísico" y con el régimen de Porfirio Díaz había llegado a la etapa "positiva" que se expresaba en el lema: orden, paz y progreso. Para consolidar el orden, Porfirio Díaz puso en práctica una política de conciliación que se advierte tanto en el gabinete que elige para su segundo periodo al frente del ejecutivo como en las negociaciones que impulsó con los viejos caciques regionales. Díaz estaba consciente de la posible ruptura de la paz política que implicaba la autonomía del ejército. La estrategia que adoptó para controlarlo consistió en una disolución gradual y selectiva de las unidades de la Guardia Nacional y en la transferencia de los milicianos al ejército profesional. Paralelamente fue implacable con los salteadores de caminos y los bandidos sociales, como Heraclio Bernal, a quienes se les aplicó la pena máxima. También fue inexorable con las revueltas indígenas cuya bandera en todos los casos era la lucha por la tierra. Los mayos y los yaquis fueron deportados a las plantaciones de henequén en Yucatán y los mayas de Yucatán fueron vencidos por el ejército federal a principios del siglo XX. y los habitantes del pueblo de Tomóchic, Chihuahua, en 1891 fueron arrasados. Sin embargo, a pesar de las múltiples y a veces serias rupturas de la paz porfiriana, la disidencia política y el descontento popular estuvieron en su mayor parte contenidos hasta antes de 1906.

Por lo que toca a las difíciles relaciones entre la iglesia y el estado, el objetivo de Díaz fue subordinarla a la autoridad política. Esto exigía un delicado equilibrio entre el mantenimiento de los principios básicos de las Leyes de Reforma y las pretensiones de la alta jerarquía católica. Díaz defendió el catolicismo como práctica privada y apoyó la vida pública secular, pero permitió que el clero recobrara fuerza. a cambio del  apoyo eclesiástico al régimen.

Una parte importante de la estrategia de consolidación del poder bajo el régimen de Díaz fue el control y la censura de la prensa. A diferencia de los gobiernos de Juárez y Lerdo en los que hubo libertad absoluta, Díaz puso en práctica una combinación de autoritarismo, conciliación, manipulación y concesión. Por ejemplo, el periódico El Diario del Hogar, editado por Filomeno Mata, uno de los periodistas de oposición más conocidos de la época, fue objeto de persecuciones y su editor encarcelado muchas veces. Para reelegirse indefinidamente desde 1884 el presidente maniobró para que el Congreso modificara la constitución que prohibía la reelección continua.

El progreso

Así como la búsqueda de la paz, el desarrollo de la economía nacional fue el otro gran objetivo de la administración porfiriana. El primer reto era integrar físicamente un territorio de casi dos millones de km2 que incluía una topografía muy accidentada, regiones aisladas, grandes espacios despoblados, desiertos y pantanos. Desde 1837 se había otorgado la primera concesión para construir un camino ferroviario que uniera el puerto de Veracruz con la capital, pero no fue sino hasta 1850 que se puso en servicio el primer ferrocarril que cubría casi 14 km. desde Veracruz hasta el Molinito. No fue sino hasta 1873 que se inauguró el servicio ferrocarrilero de la capital al puerto de Veracruz. Durante la presidencia de Manuel González (1880-1884), y gracias al capital extranjero, se tienden 4,658 km. de vías. El esfuerzo realizado por la administración gonzalista no tuvo paralelo, al terminar su gestión los ferrocarriles Central, Mexicano, Sonora, Tehuantepec, Progreso, Tehuacán e Internacional formaban la espina dorsal del sistema que heredaría el porfiriato y que conectaban a la ciudad de México con la frontera con los Estados Unidos y con el puerto de Veracruz, nuestro punto de contacto con Europa. Para 1890, la administración había concluido las líneas que unían a la capital con tres puntos estratégicos: Nuevo Laredo, a través de El Nacional Mexicano, Paso del Norte con el Central Mexicano y Piedras Negras construido por el Internacional Mexicano. Al terminar el porfiriato México contaba con 19,280 km. de vías férreas. La introducción del ferrocarril favoreció el crecimiento del comercio y la industria en casi todo el territorio nacional, promovieron las exportaciones y ayudando a consolidar el mercado interno.

En 1891, como consecuencia del desarrollo ferrocarrilero, vinculado estrechamente con la estabilidad política, se creó la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas; años después, en 1899 se aprobó la Ley de Ferrocarriles que daba al gobierno un control más estrecho sobre la inversión privada. Sin embargo, seguía siendo peligroso que las principales rutas estuvieran en manos extranjeras, de manera que en 1908 el gobierno decidió nacionalizar los ferrocarriles a través de la compra de acciones.

Paralelamente, entre 1877 y 1900, el cableado telegráfico creció de 7,136 a 23,154 kilómetros y se hicieron fuertes inversiones para habilitar y sanear los puertos de Veracruz, Puerto México (ahora Coatzacoalcos),Tampico, Manzanillo, Salina Cruz y Tehuantepec. Finalmente se consolidó el servicio postal y hacia finales de siglo había ya en el país más de 5000 aparatos telefónicos.

 

El desarrollo económico

El auge de la economía nacional durante el porfiriato se fincó en el apoyo del gobierno a la inversión extranjera, a través de generosas concesiones fiscales y de tierra. Igualmente se observó la ausencia de restricciones a la importación de maquinaria y técnicos del exterior y se expidió una legislación que otorgaba ventajas a los capitales foráneos. En 1884 se derogaron las Ordenanzas de Minería que reservaban las riquezas del subsuelo como propiedad del Estado. El nuevo código establecía que el dueño de la superficie también lo era de las sustancias que yacen en el subsuelo, incluyendo todos los minerales así como el petróleo. Esta política dio frutos y la inversión extranjera total en el país aumentó de 100 millones de pesos en 1884 a 3400 millones en 1911.

En vísperas de la revolución el país contaba con casi 20 mil kilómetros de vías férreas; extensas redes telefónicas y telegráficas; la industria textil ¾de capital francés y español¾ atendía el 90% del consumo nacional; con recursos estadounidenses, británicos y en menor medida franceses se habían desarrollado más de 150 centros mineros y metalúrgicos que no solamente extraían metales preciosos como el oro y la plata sino que exportaban productos o derivados industriales como el cobre y el plomo. Para 1910 México era el tercer productor de petróleo a nivel mundial, gracias a las inversiones del inglés Weetman Pearson y el norteamericano Edward Doheney. De esta época datan también las primeras plantas generadoras de energía eléctrica que abastecían a la industria y a los servicios de transporte en las ciudades.

En poder de los mexicanos se encontraban las fábricas manufactureras destinadas a producir artículos de consumo como alimentos, bebidas embotelladas, puros y cigarros, harinas, azúcar, entre otros. El comercio operaba en su mayor parte con capitales nacionales, aunque existían fuertes inversiones francesas en forma de grandes almacenes. Los españoles jugaban un papel destacado en el pequeño comercio. El sector agrícola estaba controlado casi enteramente por mexicanos, aunque el cultivo de productos de exportación, como el henequén, el azúcar, el algodón y el hule, cuya demanda en el exterior iba en aumento, recibió fuertes inversiones foráneas que reportaron un crecimiento del 750%.

El resultado produjo un efecto espectacular. La recuperación económica del país permitió al gobierno federal obtener importantes ingresos a través de la recaudación de impuestos. Sin embargo, el extraordinario crecimiento de la economía sólo benefició a unos cuantos, las grandes mayorías vivían en condiciones deplorables. Las jornadas laborales en la industria llegaban a ser hasta de 16 horas, sin pago por el descanso dominical ni derecho a vacaciones; los obreros tampoco contaban con servicios médicos, ni jubilación y, aunque aparecieron algunos sindicatos, carecían de organización, lo que les impedía obtener mejores condiciones de trabajo. Asimismo, en algunas industrias controladas por extranjeros, como los ferrocarriles, los mexicanos ganaban la mitad que los norteamericanos desempeñando el mismo trabajo. Las estimaciones actuales indican que hubo una drástica disminución en el salario real durante el gobierno de Díaz, que se calcula en un 25%; dinero que, casi en su totalidad, habría de consumirse en las tiendas de raya de las fábricas, las minas o las haciendas donde los productos eran considerablemente más caros.

            La alimentación variaba mucho de un grupo a otro. La base de la dieta popular eran el maíz, el frijol, el chile y el pulque. La clase media, además, consumía pan en forma de "semitas" o "pambazos", sopa de arroz, eventualmente carne y algunas verduras; sólo unos pocos tenían acceso a todo tipo de víveres.

Durante los últimos años del porfiriato las condiciones de vida empeoraron para la casi totalidad de la población; por ejemplo, entre 1895 y 1910 la esperanza de vida descendió de 31 a 30 años y medio y, entre 1895 y 1900, la mortalidad infantil se elevó de 304 a 335 por cada millar. En 1910 había en México 15 millones de habitantes; se trataba de una población joven, ya que el 42 % eran menores de 15 años. El 71 % mayor de 10 años no sabía leer y escribir. La situación era aún peor para las mujeres, ya que más del 80 % eran analfabetas. La población indígena era del 13 %, es decir, para el año en que se inició la revolución había casi dos millones de mexicanos que hablaban únicamente la lengua de sus antepasados prehispánicos.

 

La tierra

La ley de 1856, que desamortizó las tierras de la iglesia, afectó también la propiedad de las comunidades indígenas y de los pueblos. Durante el régimen de Díaz se emitieron dos leyes más (1883 y 1894) que alteraron el régimen de propiedad comunal, propiciando la concentración de vastas extensiones de terreno en unas cuantas manos.

A pesar de que en octubre de 1909 se reunieron por vez primera los presidentes de ambas naciones, los estadounidenses ya no veían en el gobierno de Díaz un régimen afín a sus intereses y le negaron su apoyo cuando, poco después, permitieron a los maderistas conspirar en su territorio.

-OPOSITORES Y REBELDES-

 

La incorporación de México al mercado mundial lo volvió vulnerable a las crisis económicas del capitalismo. En efecto, hacia 1907, una crisis de esta índole en Estados Unidos tuvo consecuencias funestas para la dictadura. En México disminuyó la producción encareciendo las importaciones, lo que redujo los ingresos al gobierno por concepto de impuestos. Hubo también una merma de circulante que gravó el crédito y los bancos exigieron a los terratenientes el pago de sus deudas. Tanto hacendados como industriales redujeron salarios o despidieron a los trabajadores y, en el caso del campo, endurecieron las de por si difíciles condiciones de trabajo. El gobierno también despidió gente y aumentó los impuestos, medida que provocó un profundo malestar social y no resolvió el problema. Aunado a lo anterior, varios años de malas cosechas elevaron el precio de los productos básicos de alimentación popular, como el maíz y el frijol.

Además de la crisis económica, la oposición a la dictadura se hizo más intensa y radical. Una minoría católica tradicional criticaba a Díaz por mantener vigente la separación entre la Iglesia y el Estado, consagrada en las Leyes de Reforma, aunque en los hechos el dictador había evitado la aplicación estricta de esta legislación. Los católicos progresistas, influidos por la encíclica Rerum Novarum, reprochaban al presidente los vicios políticos de su gobierno y las desigualdades sociales generadas por un desarrollo que beneficiaba principalmente a los inversionistas extranjeros.

A través de periódicos como Regeneración y El Hijo del Ahuizote, la prensa de oposición incrementó sus ataques al gobierno. El Partido Liberal Mexicano influyó en huelgas como la de los mineros de Cananea, Sonora y la de los obreros textiles de Río Blanco, Veracruz, brutalmente reprimidas por el gobierno.

Después de la entrevista que Porfirio Díaz concedió al periodista estadounidense James Creelman en 1908, la agitación política creció, incluso entre los adictos al régimen, con la disputa entre Bernardo Reyes, ex ministro de Guerra y gobernador de Nuevo León, y José Yves Limantour, ministro de Hacienda. El meollo de la cuestión política era la avanzada edad del dictador y la necesidad de elegir un vicepresidente que le sucediera en el poder.

Para las elecciones de 1910, el Partido Antirreeleccionista presentó como candidato a Francisco I. Madero, un rico empresario del norte. Ese año sería de fin y de principio: al tiempo que se celebraba el Centenario de la Independencia, concluía la dictadura y despuntaba el proceso revolucionario.

 

El Magonismo

Liberales potosinos, entre ellos Camilo Arriaga, convocaron al Primer Congreso Liberal que se celebró del 5 al 11 de febrero de 1901 en San Luis Potosí para protestar contra el avance del clericalismo. Entre los asistentes se encontraba Ricardo Flores Magón, un joven periodista de 27 años fundador del periódico Regeneración que había empezado a publicar el año anterior. Hacia 1903, Ricardo y Enrique Flores Magón fueron apresados en la ciudad de México, tras haber protestado por la represión a una manifestación pacífica contra Bernardo Reyes en la que hubo muertos y heridos. Una vez en libertad, se refugiaron en San Antonio, Texas, en 1904, y de nuevo se editó el periódico. Perseguidos por la dictadura, tuvieron que trasladarse a San Luis, Missouri, donde se proclamó el programa del Partido Liberal Mexicano en 1906. Como el acoso continuó, los hermanos emigraron primero a Toronto y Montreal, Canadá, y más tarde a Los Ángeles, California, lugar en que Ricardo fue encarcelado durante tres años. Al salir de prisión, en agosto de 1910, los magonistas decidieron cambiar el lema de "Reforma, Justicia y Libertad" con el que firmaban los manifiestos del Partido Liberal Mexicano, por el de "Tierra y Libertad". Las ideas liberales del magonismo evolucionaron hacia el anarquismo, entendido no como desorden y caos sino como la convicción de que la sociedad puede administrarse ordenada y libremente sin necesidad de alguna forma de gobierno o de Estado. Por eso, en vísperas del estallamiento de noviembre de 1910, Ricardo Flores Magón escribió: "Derramar sangre para llevar al poder a otro bandido que oprima al pueblo, es un crimen; y eso será lo que suceda si tomáis las armas sin más objetivo que derribar a Díaz para poner en su lugar a un nuevo gobernante". Por lanzar un manifiesto a los anarquistas del mundo, Ricardo Flores Magón fue condenado en 1918 a 20 años de cárcel. Casi ciego, murió en la prisión de Leavenworth, Kansas, E.U., en 1922. El legado más importante de estos hombres, luchadores sociales incorruptibles, se cristalizó en la Constitución promulgada en 1917, donde aparecen una gran cantidad de temas abordados en el programa del Partido Liberal de 1906.

 

Cananea y Río Blanco

Las huelgas estuvieron prohibidas durante la dictadura de Díaz; sin embargo se produjeron más de 250. De éstas, sólo en 1907 fueron clasificadas 25 como "mayores". Los movimientos se efectuaron especialmente en las industrias textil, ferrocarrilera, minera y tabacalera y los reclamos de los trabajadores coincidían en las duras condiciones de trabajo, en los malos tratos de capataces y en el racismo que se expresaba en mayores sueldos por el mismo trabajo a los extranjeros.

En Cananea, Sonora, la población y las autoridades civiles se encontraban prácticamente bajo el control del empresario norteamericano William C. Green dueño de la Cananea Copper Company. En 1906 se fundó la Unión Liberal "Humanidad", de orientación magonista y simpatizante del Partido Liberal Mexicano. El primero de junio de ese año, los mineros decidieron iniciar una huelga demandando aumento de salarios, reducción de la jornada de trabajo y cese a la discriminación. Como la gendarmería del pueblo no fue suficiente para reprimir a los huelguistas, el gobernador de Sonora, Rafael Izábal, se presentó acompañado de un grupo de más de doscientos "voluntarios" estadounidenses armados que se dedicaron a cazar a los mineros. Los dirigentes de la Unión Libertad "Humanidad", fueron condenados a 15 años de prisión en San Juan de Ulúa, Veracruz. El presidente Díaz declaró, al rendir su informe de gobierno el 15 de septiembre de 1906, que el movimiento obrero en Cananea había degenerado en grave perturbación del orden público, por lo que había sido sofocado "con prontitud, energía y prudencia".

Unos meses después de la represión en Cananea, el Centro Industrial Mexicano, formado por propietarios de fábricas textiles, estableció un reglamento en el cual se obligaba a los obreros a trabajar jornadas de 14 horas, a pagar los instrumentos dañados y a indemnizar al patrón por las telas defectuosas. Las nuevas reglas suscitaron una huelga y sobrevino la decisión de los dueños de cerrar las fábricas, no sólo en los estados de Puebla, Tlaxcala y Veracruz, sino en muchas otras entidades del país. Convocado para resolver el conflicto, Díaz emitió un laudo el 4 de enero de 1907 en el que respaldaba el reglamento de los patrones. Tres días después cientos de obreros ¾entre ellos muchas mujeres¾ se reunieron en la entrada de la fábrica textil Río Blanco para impedir que los "recortados" ¾trabajadores conformistas¾ rompieran la huelga decretada por el Gran Círculo de Obreros Libres. Encabezados por Margarita Martínez, los trabajadores asaltaron e incendiaron la tienda de raya. Porfirio Díaz envió al subsecretario de Guerra para que controlara la situación en Río Blanco, Nogales, Santa Rosa y Orizaba. Las tropas ametrallaron a la multitud y persiguieron a los trabajadores hasta sus casas de donde los sacaban para fusilarlos, otros, con más suerte fueron enviados a la cárcel.

La etapa reflexiva

La Revolución Mexicana tuvo previamente una etapa reflexiva derivada de la pérdida de legitimidad social del régimen. Durante la primera década del siglo XX, intelectuales y políticos se planteaban el problema de la transición a una vida democrática que, dada la avanzada edad del dictador, se hacía inminente. Andrés Molina Enríquez, Manuel Calero, Carlos Trejo Lerdo de Tejada y Francisco I. Madero, entre otros, coincidían en que, si bien el desarrollo económico parecía una realidad, aunque sólo beneficiara a unos cuantos, faltaba la libertad. Como sostiene la historiadora Gloria Villegas: "la voluntad de cambio fue un proceso que se construyó con lentitud, sobre los agravios sociales, la inmovilidad, el abuso del poder y en un ámbito donde las posibilidades de mejoría económica eran estrechos pasillos que solamente podía transitar un pequeño y selecto grupo".

La obra que más impacto causó fue La sucesión presidencial de 1910, de Francisco I. Madero, cuya primera edición de tres mil ejemplares se agotó en tan sólo tres meses. Ahí plantea el futuro presidente que la tan añorada democracia sería imposible si no se efectuaban las reformas indispensables para que el sistema político garantizara una sociedad más justa.

 

La pugna entre "científicos" y "reyistas"

Agrupados en torno a Manuel Romero Rubio ¾suegro de Porfirio Díaz¾ como liberales jacobinos con una disciplina científica, un grupo de civiles seguidores del Positivismo integraron, en torno al dictador, un influyente grupo conocido como Los Científicos, cuyo jefe, al iniciarse el siglo XX, era el poderoso ministro de Hacienda, José Yves Limantour.

En 1901, los rumores sobre una "grave enfermedad" de Porfirio Díaz desataron una ola de especulaciones sobre quién sucedería al dictador en la presidencia: Bernardo Reyes, secretario de Guerra y Marina, o el secretario de Hacienda. La competencia entre estos dos personajes se convirtió en disputa durante la primera década del siglo XX. Reyes llegó a encabezar un importante movimiento político cuyas raíces estaban en las logias masónicas, a las que había favorecido en las regiones del norte, y en la 2ª reserva que había patrocinado mientras servía en el gabinete de Díaz, además de burócratas medios y el ejército. Los "científicos" se amparaban en las redes del poder económico. Al acercarse la sucesión presidencial de 1910, el movimiento había cobrado fuerza pero carecía del visto bueno del dictador. Reyes no obtuvo el apoyo oficial del presidente y tuvo que aceptar el exilio político disfrazado de viaje de estudios en Europa. Poco después, Díaz volvería a presentar su candidatura manteniendo al "científico" Ramón Corral como compañero de fórmula. Muchos reyistas desilusionados se incorporaron entonces a la campaña encabezada por Madero, bajo el lema de Sufragio Efectivo, No Reelección.

 

El antirreeleccionismo

Francisco I. Madero (1873-1913), miembro de una de las familias más ricas del país, hizo estudios en Francia y Estados Unidos. En 1903 ocurrió un hecho que lo impulsó a entrar al campo de la política. Bernardo Reyes, gobernador de Nuevo León, reprimió en la ciudad de Monterrey una manifestación pacífica; Madero quedó profundamente conmovido. Hizo incursiones como opositor al régimen de Díaz en los procesos electorales del estado de Coahuila y en 1909, apoyado por personas descontentas funda en la capital del país el Centro Antirreeleccionista de México, que será el núcleo organizador de un partido nacional. Basado en la experiencia norteamericana, inició una serie de giras por dos terceras partes de los estados de la República donde se crearon muchos clubes antirreeleccionistas. La respuesta del gobierno fue la represión; muchos líderes fueron perseguidos y encarcelados. Madero, ya como candidato a la presidencia, fue apresado en Monterrey, por supuestas ofensas al presidente Díaz y trasladado a la prisión de San Luis Potosí

Las elecciones del 26 de junio de 1910 fueron francamente fraudulentas. Con Madero aún en la cárcel, el Comité Directivo Electoral del Partido Nacional Antirreeleccionista presentó en la Cámara de Diputados la documentación sobre los fraudes cometidos en casi todas las entidades del país. La "aplanadora" porfirista desechó el informe. Porfirio Díaz y Ramón Corral fueron proclamados presidente y vicepresidente respectivamente. La alternativa de cambio por la vía democrática y pacífica se había agotado, no quedaba más que el camino de la insurrección.

Centenario de la Independencia

En septiembre de 1910, al cumplirse cien años del Grito de Dolores y mientras Madero se encontraba en la cárcel, el gobierno porfirista organizó las Fiestas del Centenario, consideradas como las más fastuosas que México ha celebrado en toda su historia. Inauguraciones de obras y edificios públicos, desfiles militares e históricos, verbenas populares y lujosos bailes se realizaron durante todo el mes de septiembre con la asistencia de representantes diplomáticos de las 31 naciones que aceptaron la invitación oficial.

Deseosos de dar al mundo una imagen de orden y progreso, algunos aduladores del régimen pidieron que, durante las festividades por el Centenario, se recogiera a los mendigos y se atrapara a los vagos, niños en su mayoría, que circulaban por las calles de la ciudad de México.

Diversas obras fueron inauguradas en los estados de la República, entre ellas el Reloj de la ciudad de Pachuca, el mercado Hidalgo en Guanajuato, la presa Miguel Ahumada en Guadalajara y el Palacio Municipal de Córdoba, Veracruz; en la ciudad de México, la Columna de la Independencia, el Hemiciclo a Juárez y la Universidad Nacional. Además se colocó la primera piedra del Palacio Legislativo, cuya estructura de metal ya había sido levantada y que después se convertiría en el Monumento a la Revolución. Los festejos por el Centenario de la Independencia fueron el último fulgor de una dictadura cegada por la soberbia que, apenas unos meses después, se derrumbaría tras el estallido de la Revolución.

-DEL PLAN DE SAN LUIS A LA DÉCENA TRÁGICA-

 

El levantamiento maderista

Tras el fracaso de la vía electoral, Madero se fugó de San Luis Potosí y se instaló, acompañado de un grupo importante de antirreeleccionistas, en San Antonio, Texas, en donde redactaron el Plan de San Luis, que llamaba al levantamiento armado el 20 de noviembre de 1910. Los revolucionarios contaban con el descontento del gobierno de Washington hacia la dictadura de Díaz, que en la última década había favorecido los intereses económicos de ingleses y franceses en detrimento de los norteamericanos.

Entre noviembre de 1910 y mayo de 1911 las operaciones militares más importantes tuvieron lugar a lo largo de las vías férreas en el norte, occidente y oriente del país, porque los ferrocarriles eran indispensables para el transporte de tropa y elementos de campaña, así como para tener contacto con la frontera norteña donde los revolucionarios se abastecían de armas. En el resto del país el ejército federal se concretó a guardar las poblaciones con pocos elementos que fueron presa fácil de los revolucionarios.

Madero cruzó la frontera el 14 de febrero de 1911 y estableció su cuartel general en Bustillo, Chihuahua, el 29 de marzo. Allí se le unieron las fuerzas de Pascual Orozco y Francisco Villa que planearon el sitio a Ciudad Juárez, mismo que iniciaron el 15 de abril. Mientras se decidía la suerte de esta plaza fronteriza, la revolución cundió en todo el país. Para ese momento la postura norteamericana había cambiado y el presidente William Taft, instigado por su embajador en México Henry Lane Wilson, había ordenado desde principios de marzo la movilización de veinte mil hombres a la frontera y de barcos de guerra a los puertos mexicanos. La prensa norteamericana sostenía que había que proteger los intereses extranjeros en nuestro país en razón de la doctrina Monroe, que postulaba "América para los americanos", es decir, el continente americano para los estadounidenses. Madero deseaba evitar problemas con los Estados Unidos y ordenó levantar el sitio; sin embargo, Pascual Orozco, Pancho Villa y José de la Luz Blanco atacaron Ciudad Juárez el 8 de mayo, plaza que se rindió dos días después y permitió a Madero instalar en ella el gobierno provisional. Los revolucionarios del sur tomaron Cuautla y amenazaron la ciudad de México donde hubo manifestaciones tumultuosas y sangrientas que exigían la renuncia del dictador. Sin salida militar, al general Díaz no le quedó más remedio que presentar su renuncia para evitar el colapso total de todo lo creado en su época. El 21 de mayo se firmó el armisticio en el que se acordaba que el secretario de Relaciones Exteriores, Francisco León de la Barra ocuparía interinamente la presidencia y el ejército revolucionario sería licenciado conforme se fuera restableciendo la paz en cada estado.

 

Los campesinos de Morelos se levantan en armas

Durante el porfiriato, el estado de Morelos vivió una crisis profunda debida al problema de la tenencia de la tierra. Con la apertura de las comunicaciones terrestres y marítimas, las haciendas ahí establecidas se dedicaban a la producción de azúcar para la exportación, acaparando las tierras, aguas y montes de las comunidades y los pueblos. En 1909, la situación empeoró con la designación del nuevo gobernador Pablo Escandón, terrateniente de Morelos. Su proceder fue desastroso ya que agravó la situación; de manera que cuando Madero proclamó el Plan de San Luis llamando al pueblo a levantarse en armas, los campesinos del Estado, apoyándose en el artículo 3º de dicho manifiesto, estaban listos para la lucha. Sin un enlace formal con el maderismo, los futuros zapatistas empezaron a conspirar. Enviaron a un emisario a entrevistarse con Madero mientras Emiliano Zapata organizaba a sus fuerzas. Hacia principios de marzo de 1911 la revolución cobró impulso en el norte y varias rebeliones estallaron en Guerrero, éste era el momento que esperaban y el viernes 10 del mismo mes se amotinaron repentinamente, desarmaron a la policía y convocaron a una asamblea en la plaza de Villa de Ayala. El orador leyó el Plan de San Luis e informó de los levantamientos en el país y Otilio Montaño, un maestro de escuela, concluyó con el lema "¡Abajo haciendas y viva pueblos!" En masa se sumaron los campesinos a la rebelión. Este grito era algo más que un lema: era un programa.

El mando de los revolucionarios fue recayendo en Zapata, con el apoyo económico de Gildardo Magaña ¾hijo del principal comerciante de Zamora, Michoacán, liberal y anarcosindicalista¾; su primo Amador Salazar; Felipe Neri, ex fogonero de la hacienda de Chinameca; Genovevo de la O, dirigente del pueblo de Santa María y otros. Los morelenses tomaron varias poblaciones menores del estado pero requerían de un triunfo importante. Los hacendados exigieron entonces al gobierno federal que protegiera sus intereses y les fue enviado el quinto "Regimiento de Oro" que apostaron en Cuautla. Zapata decidió sitiarla y después de una cruenta batalla que duró seis días, la ciudad fue evacuada por los federales el 19 de mayo. Dos días más tarde se firmaron los Tratados de Ciudad Juárez que ponía fin a la guerra civil y que abrían, al menos eso pensaban los zapatistas, una época de justicia agraria. En muy poco tiempo habrían de desilusionarse.

 

El Plan de Ayala

Francisco. Madero y Emiliano Zapata se conocieron a principios junio de 1911 en la ciudad de México. La entrevista tuvo lugar en la casa que el primero poseía en la capital de la República. Con la intención de que el futuro presidente constatara la injusta repartición de la tierra a favor de unas cuantas familias, Zapata, sin lugar a dudas el maderista más distinguido de Morelos, lo invitó a la entidad. No obstante, los hacendados, enemigos de los campesinos, ofrecieron al "apóstol de la democracia" un banquete en los Jardines Borda de Cuernavaca, al que por obvias razones Zapata se negó a asistir.

Lo que siguió fue una historia de desencuentros; ambos líderes entendían el "triunfo de la revolución" de manera distinta: para los campesinos, que había depositado su confianza en Miliano como solían llamar a Zapata, el propósito que los animó a tomar las armas se centraba en la devolución de las tierras que los hacendados les habían usurpado. Madero, por el contrario, sin desestimar el conflicto, pensaba que con el advenimiento de la democracia se resolvería el problema por los cauces legales. Sin embargo, los campesinos desconfiaban de ese procedimiento, ya que esas mismas leyes habían sido usadas en su contra y los habían llevado a vivir en la miseria y la ignominia. Madero y Zapata querían justicia y ley, pero el primero era un hacendado y hombre de negocios del norte y el segundo un campesino del centro de México obstinadamente leal a sus representados.

Con el transcurso de las semanas la situación se complicó. Mientras Madero pactaba una tregua con Zapata, León de la Barra daba órdenes al general Victoriano Huerta para que iniciara una campaña de ocupación en Morelos en la que se ahorcaba y fusilaba inocentes bajo simple sospecha. Paralelamente, la prensa de la ciudad de México inició una virulenta cruzada contra Zapata y sus hombres a los que llamaba "hordas asesinas" y a su líder  "El Atila del Sur".

Para cuando Madero llegó a la presidencia, la relación estaba totalmente fracturada. En el terreno político, la gubernatura de Morelos la ocupaba un enemigo de los zapatistas; en el militar, se mantenía la presencia del ejército federal bien pertrechado. Con el triunfo de la revolución los campesinos morelenses habían perdido la libertad y el problema agrario no se había resuelto. No tenían más alternativa que seguir en armas, pero necesitaban un documento que explicara sus razones y sirviera de bandera legítima frente al nuevo gobierno. Así, el 28 de noviembre de 1911 se firmó, en la serranía de Ayoxustla, Puebla, el Plan de Ayala que abría las puertas de la revolución a los campesinos.

 

Interinato de León de la Barra

Francisco León de la Barra, conocido como "el presidente blanco", estuvo al frente del Poder Ejecutivo poco más de cinco meses ¾del 25 de mayo al 6 de noviembre de 1911. Su designación fue resultado de los Tratados de Ciudad Juárez  que permitían que el ex embajador en los Estados Unidos, encargado por el gobierno de Díaz de vigilar y reprimir las actividades revolucionarias en la frontera norte, fuera quien sustituyera al dictador. Aunque su compromiso consistía en organizar elecciones imparciales, favoreció los intereses del antiguo régimen y entorpeció a los revolucionarios todo lo que le fue posible. Fortaleció al Ejército Federal y, procedió inmediata y tenazmente al desarme de las tropas revolucionarias y a su disolución ¾llamada "licenciamiento"¾con el apoyo de Madero; propició la ruptura entre éste y los hermanos Vázquez Gómez y, apoyado en las intrigas de Victoriano Huerta y Alberto García Granados, logró el fatal enfrentamiento entre el "apóstol de la democracia" y el zapatismo. Se ha dicho que los problemas que encaró Madero durante su gobierno fueron en gran medida consecuencia de las maniobras del "presidente blanco". El 13 de junio de 1911 comenzó el desarme de los zapatistas. Los soldados entregaban su arma a los funcionarios del gobierno y Zapata y Abraham Martínez los identificaban para que pudieran recoger su paga. Cuando concluyó.

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